Cuando visitamos los diferentes  destinos a bordo de un crucero, debemos acostumbrarnos cada noche a leer y asimilar la información en el boletín que dejan en tu camarote, y de ser posible, bajar con él en la mano para poder entender mejor cada puerto. En nuestro caso sobre la visita que hicimos a Bonifacio a bordo de Azamara Journey, y que será nuestro punto referencial para esta página, el boletín PURSUITS, comienza con la información más elemental, tal como la hora de llegada y salida, la hora de salida y puesta del sol, temperatura estimada, etc., y por supuesto los diferentes tour que te ofrece el barco.

 

Desde temprano vemos por el balcón que comenzaron a bajar los botes, no hay manera de que un barco de cruceros atraque en el pequeño puerto, que nos llevarán al puerto de Bonifacio, un pequeño poblado medieval al sur de la isla francesa de Córcega, ubicada en la parte más alta de una roca calcárea a 70 metros en promedio sobre el nivel del mar, con una estructura compuesta por un antiguo casco urbano que en otrora fuese una fortificación compuesta por bastiones y altas murallas con grandes portones de

"La Fortaleza", torres de vigilancia y un buen número de iglesias, con una impresionante vista desde el barco que nos invita a comenzar a tomar fotos. Las primeras gráficas nos muestran ya las lanchas entrando al fiordo de Bonifacio y observar el “Faro della Madonnetta” que guía a los navegantes hasta la entrada al puerto. Cuevas en los grandes acantilados y edificaciones que aún no podemos identificar, pero que esperamos hacerlo al saciar nuestra sed de conocer ese pueblo amurallado, su fiordo y calas.

 

Una vez desayunados a bordo, nos montamos en la lancha que nos llevará al puerto,  y tras un corto recorrido en dirección al Faro de Madonetta, cruzar a estribor para entrar, con unas maravillosas vistas, al fiordo que nos lleva hasta el puerto de pasajeros y la marina deportiva, pero como muy “buenos turistas”, sin mucha información sobre qué hacer, salvo las recomendaciones del barco en su boletín y lo que cada quién por su cuenta pudo haber investigado.

 

Aunque ya algunos compañeros de viaje habían estado en la isla de Córcega en sitios como la capital Ajaccio o en las playas de Porto Vecchio, para mí es la primera vez que llegamos a Bonifacio, así que con mapas obtenidos en la oficina de la Cámara de Comercio en el puerto y tras variadas opiniones de cómo comenzar el recorrido, trataré de transmitir aquí alguna inf

ormación caminando la ciudad lo más posible, y que te sirva a ti, amigo lector, de tu primera visita virtual.

 

 

 

 

 

En las primeras de cambio el grupo se dividió por diferentes interpretaciones de la ruta, comenzando unos a caminar por lo plano en dirección al puerto deportivo hasta perderse de vista, y los otros, entiéndase yo y quiénes andan conmigo, nos dio por subir la escalera empinada hasta alcanzar los 70 metros en la “Gate of France” y detenernos, no solo a tomar aire por la falta de aliento, sino para disfrutar de la vista maravillosa que dejamos atrás del puerto con sus incontables lanchas y barcos deportivos de cualquier precio y tamaño, unos amarrados a los muelles, otros fondeados cerca de alguna entrada o cala, o simplemente comenzando o finalizando un día de navegación.

De  la Puerta de Francia continuamos caminando hacia la parte más alta comenzando a notar un singular encanto de este pueblo originalmente genovés y que el rey de Aragón nunca pudo conquistar, hasta que en 1768 con el tratado de Versalles se convertiría definitivamente en territorio francés. Estrechas y pintorescas calles, puestos de artesanías y suvenires, fruterías, bares y restaurantes entre una que otra casa de vecindad, completó el camino hasta la iglesia central de estilo pisano de Sainte-Marie_Majeure, la más alta de la localidad y con la característica de ser la única con un porche en el frente dónde los fines de semana colocan el mercado.

 

Hicimos un corto recorrido por el interior de la iglesia aprovechando que el mismo sacerdote con micrófono en mano y ataviado listo para la celebración de la santa misa, explicaba el recorrido a otro grupo de turista como todo un guía profesional.

Revisando algunas tiendas en el camino, que nunca faltan por estos lares, llegamos a una diminuta plaza, Manicchela, donde disfrutamos de increíbles vistas del mar, los acantilados y nuestro Azamara Journey anclado en la entrada del fiordo. Detalle digno de observación,  la facilidad con que estos barcos se acercan donde los grandes cruceros jamás podría ni siquiera intentarlo y permitirnos disfrutar de estas maravillas de la naturaleza y del hombre.

Apenas con un edificio de por medio y un poco mayor, Market Place, la Plaza del Mercado, también con espectaculares vistas pero hacia el otro lado de la isla y de mucho más amplitud que la anterior, secundada con varios restaurantes en dos lados de la plaza. Desde aquí las mejores vistas de la otra puerta de la ciudad, la Puerta Genovesa, La Fortaleza con sus grandes murallas y torres, con la única puerta o puente levadizo que data del año 1588.

Una buena sesión fotográfica acompañó esta breve parada en ambas plazas, moviéndonos de una a otra, cada cual con sus imponentes vistas, por un lado nuestro Azamara Journey y por el otro los grandes acantilados del sur de Córcega, con vista al “Grain of Sand” o Grano de Arena, que no es más que una roca que se desprendió de los acantilados y motivo curioso de visita por los turistas en lanchas de aproximación. A lo lejos del mismo lado y en la parte alta del acantilado, una Torre de vigilancia de una base naval, y lejos en la punta el Faro de Pertusato.

Dejando La Fortaleza de un lado, regresamos bajando un rato y pasando por la casa donde vivió Napoleón Bonaparte durante su estancia en Bonifacio, y aunque notamos en las estructuras una parte nueva o recién restaurada, todavía falta mucho por remodelar o restaurar, de tal manera que el deterioro es notable sobre todo en las casas de los callejones laterales.

 

Nos paramos en la esquina San Nicro, calle San Nicolás, por un breve momento y conversamos sobre la veracidad o no de la residencia de Bonaparte en esta ciudad, pero eso es parte de la historia y preferimos dejársela  a los franceses, mientras que una tienda de fina artesanía regional llama la atención de alguna, yo preferí buscar una canilla de pan francés en la mini panadería local, que tiene más pinta que calidad, pero de mordisco en mordisco con la colaboración de todos, el pan llegó a su fin.

La próxima parada es frente a una pequeña pero muy pintoresca capilla, San Juan Bautista, continuando por entre callejones para entrar en otra capilla, iglesias hay bastantes, la de Padre Pío, o al menos así creo que se llama, para un momento de reflexión y continuar nuestra caminata de nuevo hacia otra colina o parte más alta con la plaza y monumento de 1963 Bir-Haken,  dedicado a la Legión Extranjera, desde donde las panorámicas también son excelente y aprovechamos otra sesión de fotos.

Seguimos caminando en la ruta hasta el final del acantilado donde se encuentra el “Timón de Bonifacio” , continuamos hacia la Plaza del Ayuntamiento frente a las barracas del antiguo cuartel y al lado de la hermosa iglesia de St. Dominique (I´église Saint-Dominique), una de las pocas iglesia de estilo Gótico que quedan en Córsica, con un gran campanario y el arco de St. Dominique.

 

Aquí se guardan las reliquias de San Bartolomé y Santa María Magdalena que sacan en procesión en sus respectivos aniversarios, pero que no pudimos entrar a ver por estar cerrada en esta época del año.

 

Buscamos la ruta por la que circula el trencito, resultando que da vuelta en el estacionamiento del “Cementerio Marítimo”, que por supuesto y como estaba abierto, entramos a conocerlo.

Estilo sobrio y con criptas o capillas familiares en cemento con ladrillos donde se colocan los ataúdes en su interior, o sea que no se entierran, se colocan arriba al estilo del de Buenos Aires, pero sin el lujo de éste. Unas partes cuidadas y otras abandonadas, pero como todo camposanto, lleno de una tranquilizante paz donde solo se escucha el sonido de la brisa.

A un lado del cementerio queda el nuevo Hotel Santa Teresa, estructura de 4 pisos que ya habíamos divisado desde el barco esta mañana cuando estábamos anclando. Un poco más y llegamos hasta los cañones de San Antonio, de la época napoleónica, que como notarán en las fotos, parecen estar apuntando a nuestro barco.

Las vistas desde este punto también son fabulosas hacia todos lados, hacia el barco, al fiordo, las calas o la ciudad, por donde miramos, los ojos se llenan de belleza que jamás nos imaginamos ver en esta isla.

 

El recorrido de vuelta lo hacemos por la muralla que da al acantilado sobre el fiordo, para llegar de nuevo al monumento a la Legión Extranjera. Pasamos por las garitas, los apostaderos de los cañones, escaleras que suben y bajan, y observar a una simpática pareja en lo alto de una de las torres almorzando y descorchando  una botella de vino.

Tengo gran expectativa para esta noche de ver la ciudad iluminada con todos los reflectores que se ven por las afueras de las murallas, junto con la vida nocturna que predican, música a alto volumen, luces decorativas en bares y restaurantes, y comida de primera calidad, desde pizzas hasta frescos pescados y mariscos.

Por la tarde y de noche...

El estar todo el día  en puerto es una maravilla para poder conocer y disfrutar.

Por la tarde seguimos caminando, ahora por el puerto deportivo en la parte baja y en la noche volver a la Ciudad Vieja, pero al salir de la lancha nos encontramos con una amiga que  que a todo pulmón nos gritan “…no dejen de ir a las cuevas…es un espectáculo…no se lo pierdan…en la calle por el puerto consiguen la lancha…” y dicho y hecho,  a caminar por el puerto hasta toparnos con quién nos ofrezca el servicio, y por fin apareció, entre tiendas, restaurantes, kioscos y un sinfín de embarcaciones de todo tipo, ahí estaba nuestro proveedor de servicio, con breve explicación del recorrido y el costo,   y esperamos apenas unos 15 minutos que regresara la lancha.

Mientras esperamos dio tiempo a conocer algo de los alrededores, con su estrecha calle vehicular y su ancha manga de la marina donde  caminamos entre restaurantes con terrazas, donde las mesas puestas para la noche denotan calidad y muy buena presentación, aunque creo que ya está decidido cenar en alguna terraza pero de las callecitas de arriba.

 

Llegada la hora comenzamos nuestro viaje en una embarcación robusta con unos 5 o 6 pasajeros más, así que vamos bastante cómodos pudiendo ir dentro resguardados de la fresca brisa, o en la proa al aire libre.

La salida es por la misma vía, o sea la única, teniendo otra perspectiva del paisaje tanto del fiordo en sí como de la ciudad amurallada. Salimos primero hacia la izquierda teniendo de frente al majestuoso Azamara Journey y nos vamos acercando a los acantilados para comenzar a ver una gran cantidad de cuevas naturales algunas acondicionadas por el hombre para las batallas y proteger la ciudad de invasiones, pero la mayoría son producto de siglos de trabajo del mar contra la roca que permite dejar curiosas formas y fondo de agua turquesa.

 

Se ve gente caminando por la parte baja del acantilado que viene de la ya nombrada escalera del  rey de Aragón, de 187 escalones, que se utiliza para  descender 60 metros en un ángulo muy pronunciado. Fue nombrada así por quién la mandó a construir para invadir Bonifacio.

Un poco más adelante tenemos una buena vista del monte de San Roque, con los edificios que parecen continuar por el acantilado con la gran Fortaleza en un extremo donde  se encuentra la puerta de Génova y en su base la blanca y pequeña Capilla de San Roque.

En este punto nos devolvemos y pasamos  por la entrada del fiordo y el Faro de Madonetta, para seguir hacia el otro lado y entrar, aunque a primera vista parece imposible que la lancha pase, en la Gruta de Sdragonato, fascínate su entrada y su interior con aguas turquesas de claridad absoluta y con entrada de luz desde su parte superior que la hace resplandecer más aún.

 

De regreso ya al puerto, el barco de nuevo de frente mientras un ferry entra a puerto y detrás en las alturas, en lo alto de la montaña, la cruz sobre la roca indicando el lugar de la “Ermitage de la Trinité”, o Ermita de La Trinidad.

Buena experiencia y agradecimiento a quienes nos lo recomendaron. De vuelta a puerto buscamos la otra alternativa de subir, el trencito que les mencioné esta mañana y que vimos en algunas fotos, para dar vuelta en el cementerio marítimo y bajarnos en la plaza frente a la oficina de turismo que estaba cerrando en ese preciso momento.

 

El popular vehículo turístico sale de la misma parada de buses en la parte final del fiordo y sube por la Av. General de Gaulle hasta entrar por la Puerta de Francia en la ciudad amurallada.

 

Al bajarnos dimos unas vueltas esperando que oscureciera, y para no aburrirlos con nuestro recorrido familiar, les cuento que volvimos a las Plazas Manicchela y Market para disfrutar del paisaje del atardecer con vistas nuevas del Azamara Journey, el “Grano de Arena”, la base militar y el Faro de Pertusato al final de la península del mismo nombre.

Ahora sí, pega el hambre y nos llamó la atención probar una “pizza francesa”, que acompañada con una cerveza local resultó cubrir las expectativas mientras se iban encendiendo las luces de los locales y los reflectores de la murallas, que les confieso que eso si no cubrió mis expectativas, así que nos fuimos a la parado del trencito donde nos percatamos que solo trabaja hasta las 7 de la noche y por lo tanto hay que volver a pie de nuevo,  justificando la caminata para bajar la pizza.

 

Pasamos en la cuesta de bajada por el Memorial a la Guerra, monumento colocado en un cruce de la carretera al puerto, y de nuevo a los botes para regresar al barco disfrutando de la iluminación mientras cae la noche.

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Bonifacio, Córcega

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